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Decoración apartamentos con muebles ikea

Diseño con Muebles Ikea
Yo soy de las que en cuanto anuncian en la tele que ya está editado el nuevo catálogo de Ikea salgo disparada a comprarlo. Es una idiotez como otra cualquiera, porque al fin y al cabo sé que me lo van a buzonear gratis en dos semanas, pero no puedo evitarlo, es una especie de adicción a esa revista.

 La paradoja es que cuando visito la tienda soy capaz de robarme quinientos lapiceritos o rellenarme el vaso de café como si no hubiera un mañana y en cambio me da vergüenza usar el cupón descuento que lleva en su interior el folleto. Como si la cajera me fuera a mirar con cara de víbora, malpensando que soy una tacaña ruinosa. Eso sí, a fuerza de años de colección de catálogos y estudio de todos sus muebles con sus nombrecitos a lo Hemmes, Kefren y Micerinos, estoy casi segura de que puedo viajar a Estocolmo y hablar con soltura en su idioma. O al menos inventar una especie de spanglish-sueking. ‘’ I want unas albóndigas Kottbullar wiht salsa Grädsad’’

 

Las páginas de sus folletos de publicidad son totalmente diferentes a las de cualquier otro fabricante de muebles. Por mi trabajo, he tenido que mirar cientos de ellos a lo largo de los años y si algo puedo decir con seguridad, es que en todos los demás se afanan en enseñarnos mansiones maravillosas o lofts de diseño en las que cada objeto está en su sitio. Las camas hechas con todas las sábanas marcadas como con tiralíneas y cocinas impolutas sin un sólo plato a la vista. O mujeres de las de 60-90-60 tumbadas alicaídamente en alguna chaisse-longue, mientras meditan sobre las calorías de los bombones que sirve el embajador en sus fiestas. Intentan venderte sus muebles sí, pero también la idea de lujo, refinamiento y distinción. Y da lo mismo que sea un fabricante de primer orden que trabaje la chapa de madera u otro más corriente que se dedique a la melamina, en todos ellos se repite ese patrón a la hora de diseñar sus catálogos. Todos intentan convencernos de que comprando sus muebles conseguiremos que nuestras casas suban a los altares de la elegancia absoluta.

Y luego está Ikea. Cuando veo las imágenes de su revista me da la sensación de que de las fotografías de sus cocinas se desprende cierto olor a comida recién hecha. En los dormitorios siempre encuentras vasitos de agua en las mesillas y ropa de cama desordenada, como si el fotógrafo hubiera aparecido de improviso y sin avisar. En las mesas de centro hay libros abiertos como si alguien los hubiera dejado distraídamente y personas corrientes jugando con sus mascotas. Casas normales, de gente normal a la que le da pereza hacer la cama o que deja a su hijo saltar en el sofá sin necesidad de invocar a Herodes. Eso es lo que me apasiona. El hecho de que además de muebles y objetos de decoración vendan normalidad y una especie de filosofía en la que puedes ser feliz con lo que tienes, sin necesidad de amargarte por no poder comprarte unos Jimmy Choo o el Chester de la Preysler.

Yo creo que Ikea consigue vender sus muebles convenciéndonos de que con ellos nuestra casa será más alegre y divertida pero siendo ella misma. Sin disfraces, artificios ni necesidad de aparentar lo que ella ni nosotros somos. Como si con algún truco de magia nos convencieran de lo superfluo de soñar con comer caviar y Moët Chandon sobre una mesa italiana y de repente descubriéramos lo maravillosa que es nuestra realidad de bocata, tele y sofá. Lo increíble es que este tipo de publicidad triunfa. En esta época en la que tenemos tan grabada esa idea de que lo barato no está de moda y todos queremos el último móvil o modelito super fashion van los suecos con su publicidad contracorriente y consiguen convencernos de todo lo contrario. Y a mí eso me gusta. Y mucho.

 

Articulo y proyecto por Nerea Alday